domingo, 10 de octubre de 2010

La Cruz de los Jóvenes llega a nuestra diócesis

Los próximos días 13, 14 y 15 de octubre nuestra Diócesis acogerá la Cruz y el icono de María que el Papa Juan Pablo II regaló a los jóvenes del mundo. Su llegada anuncia la proximidad de las Jornadas Mundiales de la Juventud y marca el inicio de la misión que va a empeñarnos durante este curso pastoral: la de presentar a las nuevas generaciones el rostro vivo de Cristo para que en Él descubran la imagen perfecta del Dios invisible capaz de colmarles de alegría y esperanza, y para que entrando en relación con Él se abran a la vida eterna que les ofrece.


La cruz es el signo principal de los cristianos porque es la manifestación suprema del amor de Dios. Éste es el mensaje que la Iglesia quiere transmitir a cada uno de los hombres y mujeres de este mundo: que Dios les quiere. El Creador de todo, Aquél que ni el cielo ni la tierra pueden contener, no ha permanecido en la distancia absoluta de su poder admirable. Si así hubiese sido, a nosotros no nos quedaría más remedio que someternos a su señorío y suplicarle que tuviera a bien concedernos ciertos dones para hacer más llevaderos nuestros días y menos gravosa nuestra muerte; para que la injusticia no tuviera la última palabra y para que el bien pudiera triunfar sobre el mal. Sin embargo las cosas no han sido así, Dios ha ido más allá de lo que nosotros nos habíamos atrevido a soñar. Él se ha hecho hombre y desde ese momento el hombre puede ser no sólo siervo, sino amigo. Él ha asumido el lugar de los últimos, de los condenados y de los malditos, para que desde entonces nadie esté tan lejos de Dios que no pueda encontrarle en sus propios sufrimientos. Él ha aceptado la muerte para romperla desde dentro con la plenitud de su vida. Él fue condenado a pesar de su inocencia para manifestar que el perdón es el criterio máximo de la verdadera justicia. Él asumió nuestra carne para que desde entonces la humanidad no sea el obstáculo del que debemos librarnos para alcanzar la divinidad, sino el camino que debemos recorrer en pos de ella. En la cruz, Dios acepta en su más cruda dureza nuestra condición humana y nos abre el camino para poder compartir su propia divinidad.

Al presentar la cruz a los jóvenes, los cristianos no queremos decirles simplemente que en la vida no se consigue nada sin esfuerzo y sacrificio. Esto es cierto; pero el mensaje de la cruz es mucho más profundo. En ella Dios dice a cada hombre que no le considera como una simple forma de vida errante en un planeta perdido de la última galaxia del universo, sino que es tan absolutamente valioso para Él que le merece la pena morir para salvarlo.

A veces nos preguntamos por qué hay tantos jóvenes que se alejan de la Iglesia. Ciertamente existen elementos ajenos a nosotros, esos que la Biblia define como la «concupiscencia de la carne, de los ojos y la soberbia de la vida» (1Jn 2,16). Pero puede que haya habido también deficiencias en la presentación de nuestra propia fe. Quizá hemos mostrado el cristianismo como un conjunto de reglas éticas o como la respuesta a la pregunta por el sentido. En el cristianismo existe eso, sí; pero no es lo principal. Lo principal es la manifestación del amor de Dios, de un amor absoluto y supremo que invita a corresponderlo y por la efusión del Espíritu otorga la posibilidad de hacerlo.

Precisamente esa necesidad de corresponder al amor de Dios manifestado en la cruz es lo que explica que junto a ella venga un icono de María. La Virgen, como signo que es de la Iglesia, nos representa a todos. En el madero Dios se pone en nuestras manos y espera que nosotros nos pongamos en las Suyas con la misma apertura y sencillez que su Madre. Dios nos ama en la esperanza de que nosotros le amemos. Él acoge nuestra humanidad y nos da la posibilidad de que nosotros acojamos su divinidad con la misma disponibilidad que mostró la Virgen cuando dijo sí al anuncio del ángel.

Queridos amigos, os animo a todos, y especialmente a los jóvenes, a participar en los diversos actos que van a organizarse en torno a la Cruz de los jóvenes. Hemos tenido la inmensa fortuna de que su visita coincida con la novena a San Pedro de Alcántara, de tanta importancia para los arenenses, y con la gran fiesta de Santa Teresa de Jesús. Ella escribió unos versos que os invito a meditar estos días:  «El alma que a Dios está / toda rendida, / y muy de veras del mundo / desasida, / la cruz le es “Árbol de Vida”/ y de consuelo, / y un camino deleitoso / para el cielo. / Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz está la gloria / y el honor; / y en el padecer dolor, / vida y consuelo, / y el camino más seguro / para el cielo».

Jesús, Obispo de Ávila

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